Bajo el almendro, junto al volcán

por el buscador


“Quien dijo que patria

se escribe a balazos…

mi patria son besos

puñado de abrazos 

 

 

A causa de una instrucción mal entendida, nuestros "soldados" querían hacer armas de viejas cacerolas.

A causa de una instrucción mal entendida, nuestros "soldados" querían hacer armas de viejas cacerolas.

Con sumo agrado pudimos presenciar el estreno de “Bajo el almendro, junto al volcán”, obra adaptada de la novela homónima del connotado escritor hondureño Julio Escoto.

 

Durante poco más de una hora vimos pasar retazos de nuestra historia reciente y no pudimos menos que, a ratos reír, a ratos conmovernos, al sentir que esos personajes estaban ligados con nuestras propias vidas y con la esencia misma de ser hondureño.

La obra relata las vivencias de un grupo de campesinos que durante la guerra con El Salvador, en 1969, se arman con lo que tienen: machetes, palos, rastrillos o una vieja escopeta a la espera de un enemigo que para su fortuna nunca llega. Destaca aquí el personaje principal, el capitán Centella, jefe del grupo por ser la autoridad municipal.

Mientras miraba la obra me acordaba de mi padre, muerto hace casi tres años. Era un humilde campesino, muy inteligente y noble, que se vino de El Salvador en busca de mejor suerte. El me contaba cómo en esos fatídicos días muchos civiles se agrupaban para detenerlos.

A él, y a mi tío Porfirio, los capturaron y los encerraron,  primero en el Campo Agas y luego en el Estadio Morazán. Algunos se encargaban de molestar a mi abuela diciéndole que les iban a poner una bomba para matarlos a todos. Al final no pasó nada y dos años después nací yo. Pero bueno, esa es otra historia.

LA OBRA

Las ocurrencias de tan dispar e indisciplinado batallón arranca risas sinceras del público, como cuando van a las casas a requisar ollas, utensilios de cocina y hasta la campana de la iglesia, supuestamente para ponerlas a disposición del gobierno, que las fundiría para hacer armas. Pero nuestros héroes en ciernes no contaban con la sensatez de sus mujeres, que los acorralan y les hacen ver que deben regresar algunas cosas “necesarias”. Ni que decir que les quitan todo.

O como cuando van a detener al sastre del pueblo, un pacífico salvadoreño que ni cuenta se daba del estado de guerra. Al acercarse a su casa, muertos de miedo, escuchan ruidos e imaginan que el hombre está telegrafiando información al ejército enemigo, pero se llevan un chasco cuando descubren que los sonidos provienen de los goznes oxidados de la máquina de coser.

En el ínterin, el capitán Centella reflexiona sobre la gloria de nuestros antepasados y el porqué en algún momento de la historia nos cambian el rumbo para convertirnos en un pueblo de inequidades y pobreza. También los diálogos de los actores revelan verdades históricas, como cuando dicen que las famosas 14 familias salvadoreñas buscaron invadir Honduras para cederles tierras nuestras a miles de sus compatriotas.

Finalmente la tranquilidad del batallón de campeños se ve interrumpida por la llegada de un verdadero ejército, pero no es el del “enemigo”, si no el ejército hondureño que se toma el pueblo por asalto e impone su ley.

El encuentro entre los jefes de ambos batallones, el capitán Centella y el mayor Gavilán, genera un diálogo donde destaca la reflexión sobre nuestra democracia, los militares como defensores de grupos de poder, la corrupción y otras tantas deudas que los políticos y sus aliados siguen manteniendo con el pueblo.

“Bajo el almendro, junto al volcán”, una obra que entre risas y reflexiones toca las llagas purulentas de una sociedad merecedora de mejor suerte.

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