La voz del pueblo es la voz de Dios

por el buscador


POR: JOEL CANO

jcanocid@hotmail.com

Joel

Hay que tener nada más un ápice de sentido común, un gramo de razonamiento y un atisbo de sano juicio para darse cuenta que cuando una mayoría se pronuncia, sea a favor o en contra de un hecho o situación, es que ahí está la razón, absoluta o relativa. Partiendo de ahí, debe entonces considerarse las valoraciones y factores que llevan a esta tendencia porque es muy difícil que una respetable cantidad de la población, que representa a todo un país, esté equivocada.

 

Esto es lo que actualmente está pasando en nuestro país. Los eruditos del derecho, los iluminados de la política vernácula y los millones (no caeré en la irresponsabilidad de decir 7.5 millones) de ciudadanos con “criterio” y “capacidad de opinión” lo han dicho en innumerables ocasiones durante estos últimos días: la población está polarizada, el pueblo está dividido.

 

Pero aquí es donde tenemos que ver la realidad con otros ojos. No con los ojos del apasionamiento y el delirio que nos ciega por completo y nos lleva a ver palomas blancas en un cielo donde vuelan vampiros ávidos de sangre inocente. Tampoco con los ojos del terror mediático infundido por un bombardeo de desinformación sin precedentes, noticias que transforman la comunicación en guerra psicológica haciendo a un lado la nobleza de su propósito.

 

La realidad está a la vista, y no necesita anteojos. Honduras es actualmente el centro de atención del mundo, y especialmente de los países de América, casi sin excepción. ¿Pero será que los autores y actores de este golpe tienen la razón? ¿Es posible que todas las naciones estén equivocadas, confundidas por “desconocer la realidad de nuestro país” y su gobierno? Creo que ni el más idiota de los hombres se atrevería a pensar de esta forma, mucho menos en los tiempos en que vivimos donde la realidad mundial está a la distancia de un teclado y un monitor, tan remota como lo está un aparato de televisión de un control, tan al alcance de una ojeada al periódico o el giro de una perilla en el dial de la radio.

 

Los hondureños ya no son tan fáciles de engañar, ya aprendieron a tomar el atole con cuchara. Basta de mentiras disfrazadas de falso patriotismo, ya fue suficiente de ocultarle al pueblo la verdad y de esconder rostros falsos detrás de caretas de bondad, de honestidad e integridad.

Ya ni siquiera podemos confiar en la voz de los jerarcas de la iglesia, de los ministros evangélicos, de los que suponemos son llamados a dar al pueblo -o al menos a los de su grey- el mensaje que Dios a través de ellos quiere manifestar.

 

Tristemente las iglesias -católica y evangélica- han vuelto a equivocar el camino, justo en un momento tan crucial y determinante en la historia democrática de nuestro país, cuando pudieron haber enarbolado la bandera de la justicia, de la verdad y de la paz. ¿Dónde quedaron los valores del Reino de los que tanto se predica? ¿Y adónde fueron las enseñanzas del Maestro de Galilea que se oponían al sistema imperante de opresión a los débiles, explotación de los pobres y exclusión de los humildes?

 

Pero aún estamos a tiempo. Dios sigue hablando y si fuéramos más sensibles le escucharíamos en el mercado disfrazado de vendedora de verduras, en las plazas con un folder bajo el brazo buscando un empleo, sobre una camilla en un hospital público urgiendo asistencia médica, tras las rejas esperando una visita y un juicio justo, o simplemente en una multitudinaria marcha que clama por justicia y respeto a la democracia… porque la voz del pueblo sigue siendo la voz de Dios.

Anuncios