Tormenta (política) perfecta

por el buscador


** Por Julio Escoto

Lo que el gobierno y el TSE pretendieron fue favorecer al bipartidismo obsoleto para generar la percepción local e internacional de que este es todavía suficiente para administrar al país, y, segundo, empoderar nuevamente a la rama más conservadora, retrógrada y reaccionara de ambos partidos, a modo de validar, como si fuera por opinión pública, el golpe de Estado.

¿Qué más podía pedirse a este desastre de nación que otro hoyo más profundo que el ya cavado? ¿Qué otro relajo, vergüenza peor, humillación más triste que la repetición, en pleno siglo XXI, de las antiguas picardías nominadas “elecciones estilo Honduras” y que nos marcaron en los libros de historia con el ofensivo epíteto “república bananera”, no por méritos de producción de frutas sino por ser modelos de antipatria y corrupción?… Pues la tragicomedia electoral de noviembre –sainete, parodia y farsa son otros modos teatrales burlescos– no solo posicionó en ridículo a la máxima autoridad encargada del sufragio sino que, más grave aun, puso de manifiesto que las prácticas de fraude no han sido abandonadas por la clase política superior y que si en esta oportunidad se reveló con tanta efectividad y transparencia se debió exclusivamente a que hoy –contrario a otras ocasiones en que se engaña al pueblo o a otro partido político– la trampa la hicieron entre ellos mismos, dentro de su propia facción nacionalista o liberal.

De lo contrario, como aconteció en noviembre de 2009, cuando las urnas del actual presidente Porfirio Lobo fueron infladas en el mismo TSE, no hubiéramos sabido nada o escasamente. El escándalo emergió, pues, porque se violó la fórmula sabia y preventiva que afirma que “coyote no come coyote” y que es como equilibradora del reparto de poder entre las dos bandas tradicionales que lo usufructúan, y porque alguien rompió las reglas del delito y la complicidad, consecuencia del desorden, desajustes morales y pérdida agónica de valores desencadenados por el golpe de Estado.

En otro país del orbe los conductores de un proceso electoral viciado como este –inmerso en dudas generales y ciudadanas, a punto de probarse que fue operado con dolo y simulación– por dignidad hubieran renunciado.

Pues no existe justificación ninguna para tan obvio fracaso: hubo suficiente espacio para planificación, dudando del Estado se contrató a empresas ajenas al mismo para ciertos servicios, se tuvo presupuesto para ello y colaboró la población toda en el suceso. La única explicación lógica, entonces, proviene de las dudas: lo que el gobierno y el TSE pretendieron fue favorecer al bipartidismo obsoleto para generar la percepción local e internacional de que este es todavía suficiente para administrar al país, y, segundo, empoderar nuevamente a la rama más conservadora, retrógrada y reaccionara de ambos partidos, a modo de validar, como si fuera por opinión pública, el golpe de Estado. Pues si la gente sigue votando por los mismos, es que está contenta con los mismos, ¿no?…

Todo lo opuesto. La enérgica e irascible reacción que ese intento de fraudulencia provocó exhibe orbi et urbi que la nacionalidad catracha está harta de manipulaciones políticas, de manoseos electoreros y engaño institucionalizado y oficial, y que los tiempos inevitablemente cambian, como despiertan las sociedades. Hay vastos intereses financieros tras cada candidato, obvio, pero igual una masa crítica humana que no solo percibe el timo sino que lo resiste; lo que le faltan son instrumentos e instituciones cívicas para educarla y enseñarla a que demande sus derechos.

Lo cual es larga tarea de formación política en que los dirigentes de cierto partido nuevo y refundacional exhiben déficit desmesurado. En vez de anunciar socialismos democráticos que no logran explicar deberían arroparse mejor con la bandera siempre ética de la dignidad humana, que todo pueblo entiende.

Pero contabilicemos bien, no confundamos. Este operativo de mentira falló por la torpeza de sus autores y por conocido, lo que no impide, empero, que lo vuelvan a intentar. De allí que hay que estregárselos en la cara, denunciarlo vivamente, escandalizarlo a vista del planeta y obligarlos a rectificar con el recuento voto por voto. Dos veces en la misma piedra es estupidez, no error, y este es un delito electoral que debe ser investigado para deducir responsabilidades.

** Artículo aparecido originalmente en El Heraldo